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De menstruación y otros pecados

Hace poco los medios de comunicación y parte de su público señalador con dedo índice y fácilmente escandalizable, sacó a la palestra un tema que queda habitualmente a la sombra, al formular una noticia “La CUP de Manresa contra compresas y tampax”. La realidad de esta historia no es otra que buscar que las mujeres de Manresa puedan conocer a través de sus centros de salud y entidades que trabajan en educación sexual, todos los métodos que existen para hacer frente al sangrado y sus pros y contras.

Entonces, entre esas distorsiones elaboradas para crear la noticia, y el pseudo feminismo de algunas personas, el tema (en muchos casos bajo la expresión “en mi coño mando yo”), se convirtió en trending topic. “En mi coño mando yo y sólo faltaba que me vinieran a decir lo que hago yo con mi potorro”.

“Porque soy una mujer libre, y como tal, usaré lo que me venga en gana, que bastante es ya tener que sangrar una vez al mes”. Y toda la razón. Aunque dentro de todas expresiones,  se perdió un poco el centro del debate y hasta parecía que la CUP de Manresa era un señor con corbata poniendo “reglas” a esto de la menstruación.

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Imagen de Playground

Pero la realidad es que nos creemos libres como mujeres, y desde luego, yo nunca he tenido la opción de conocer con 11 años los métodos que existían para la menstruación, ni sus consecuencias para mi cuerpo y para la naturaleza. Son las grandes marcas especialmente las que sí se han beneficiado de su monopolio al conocer aparentemente todo sobre nosotras y no a la inversa.

Nunca me han gustado los aplicadores de tampones, ni me han parecido fáciles de usar, quizás porque no los he sabido usar, curiosamente. Pero sobre todo, porque no podía comprender tanta descarga de residuo gratuito generado directamente para acabar en la basura y en el mar sencillamente para evitar que nosotras, las mujeres, evitemos porelamordedios tocar esas cochinadas que tenemos ahí abajo, lo que a su vez implica que desconozcamos nuestro propio cuerpo y contactemos con él. El aplicador siempre me ha tenido cierto sentido estupidizador.

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Todo esto. Y las nubes. Los perfumes exquisitos. Los colores preciosos. Los complementos varios que incluyen envoltorios atractivos con aspecto delicioso (y que aún así escondemos en cualquier sitio no vaya a ser que descubran el sucio secreto). Todo esto ha ido creando una cultura de tabú en torno a la menstruación, que ha permitido por ejemplo que se impongan estereotipos relacionados con la visión del carácter de las chicas en esos momentos, por encima de todo lo demás.

No niego que compresas y tampones hayan venido muy bien en muchas épocas, culturas y sociedades. Pero una vez aceptado esto, también hay que aceptar que hay que evolucionar y adaptarse con flexibilidad a estos avances que muchas veces caducan como tal. En el momento en el que estamos, no podemos seguir a este ritmo de consumo y desecho, usar y tirar, encontrando ya en este presente los efectos que están teniendo en el planeta, y como habitantes del mismo, en nuestra propia salud. Puedo entender que en nuestra realidad individual cueste transformar nuestros comportamientos y hábitos en una mirada más global en la que sumemos todo lo que hacemos en un año, o todo lo que hacemos todas las personas en nuestro país en un sólo día. Eso sí merecería un escándalo, un abrir la boca y un cabrearse, y un juzgarnos por asumir ese tipo de hábitos sin plantearnos al menos un cambio al mes.

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Imagen de El Mundo

Este genial artículo de Cristina de Fina en Diagonal es altamente recomendable y aporta además datos interesantes y necesarios: “Según una empresa española que fabrica copas menstruales, cada año se desechan en nuestro país casi 3.000 millones de tampones y compresas. Añadámosle los aplicadores y envoltorios de plástico de cada tampón de última generación. De acuerdo con la lógica de mercado, a más sofisticación del producto, precio más alto y más basura inútil”. Vivo en una ciudad con mar, y encontrarse todo esto por la playa en invierno, o flotando en el mar en verano, no es plato de buen gusto. Pero no es todo una cuestión de estética o de limpieza; gran cantidad de especies marinas (véase ballenas, aves, peces grandes, etc) se alimentan sin ser conscientes de este tipo de residuos sin degradar, y mueren atragantados o intoxicados. Y mientras los desechos se van degradando y convirtiendo en partes más pequeñas, en microplásticos, acaban también ingeridas por otro tipo de especies, como si fuera pláncton. Ahí es donde ya entra en nuestra propia cadena alimenticia, y terminamos comiéndonoslo nosotros/as.

Salud.

Está estudiado que además, presentan sustancias dañinas directamente para la salud. Por ejemplo, se puede ver más en este artículo de investigación del Equipo Interdisciplinario de Oncología de Buenos Aires: “Las dioxinas son un grupo de productos químicos “de desecho”, formados durante la combustión de productos químicos que contienen cloro, que se hallan presentes en el humo del cigarrillo, y en el algodón y papel blanqueados, entre tantas otras fuentes. Resisten los procesos de degradación presentes en la naturaleza y tienden a acumularse. Las dioxinas han sido establecidas como carcinógenos en humanos, si bien los mecanismos posibles son diversos e incompletamente comprendidos a nivel molecular. Las dioxinas interactúan con receptores celulares, y modifican el nivel de expresión de diversos genes. Tienen además efectos sobre la fertilidad, el sistema neurológico, y en altas dosis, efectos adversos neurológicos…

Dos preocupaciones importantes han salido a la luz en los medios masivos de comunicación, con referencia al uso de tampones que contengan dioxinas: el riesgo de endometriosis y el riesgo de cáncer. “

Así que, sí, en mi coño mando yo, y por eso, elijo enterarme bien y conocer todos los métodos para hacer frente al sangrado. Y además, abogo por exigir leyes que reduzcan esta producción ilimitada de residuos que sólo beneficia a multinacionales, empresas petrolíferas, y a grandes fortunas, y nos perjudica a todo el resto de seres vivos de este planeta.

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Ilustración de P.nitas

  • Compresas y tampones clásicas: elijo no usarlas para no hacerle daño a mi cuerpo, y para no ser causante de millones de residuos.
  • Compresas de tela reutilizables: es una de las opciones que elijo, me implica cierto sacrificio sobre todo si no hace buen tiempo, pero son mucho menos agresivas para estar en contacto directo y tengo la enorme satisfacción de no llenar una bolsa de basura al mes de tampones, envoltorios, cajas, paquetes y compresas. Además, hasta en las instrucciones, te recomienda dejar a remojo y utilizar para regar la tierra de las plantas (oh, escándalo, cerdada… pero el mejor abono, seguro).

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  • Copa menstrual de silicona: una buena opción cuando aprendes a usarla y a desenvolverte bien con ella a la hora de cambiarla fuera de casa.

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  • Tampones de esponja y otros materiales reutilizables: no los he probado aún.

 

  • Compresas y tampones desechables pero sin toxinas y ecológicos: en caso de urgencia, ahí están, pero los desechos se producen igual.

 

Y entonces quiero aclarar, aunque sobraría decirlo, ya no se trata de que parezca que hablamos de las mujeres como las culpables de la destrucción del mundo por nuestras menstruaciones. Es esta cultura de usar y tirar, de la que formamos parte hombres y mujeres, la que está provocando esta destrucción, y de la que nunca me canso de mencionar. Hemos llegado a un punto en la que ya no valen pequeños cambios (incluso con el lema todopoderoso de que como consumidores podríamos cambiar el mundo entero), necesitamos leyes que vayan más allá y que nos cubran en salud y en medioambiente.

 

 

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